Posts Tagged ‘Tierra perdida afuera’

Tierra muda 4

diciembre 14, 2008

¿No debiera haber dicho “shock eléctrico”?
En todo caso, me alcanzaron otra posibilidad, “llamarada de dolor”.
Es, y no es.
De todos modos, los desgajados de la Unión Soviética que pueblan estos barrios no van a entender.
Salvo que, alguien, por un fulgor de empatía, se de cuenta, “ah, picana, claro, claro.”

Tierra seca, perdida

diciembre 12, 2008

Hace una semana, en la clínica del doctor Fridman, esperaban su turno dos peruanos.
Dos tipos gordos, no de los Andes, sino amazónicos, de Iquitos.
Tengo un amigo en Beer-Sheva, Roberto, que en Iquitos, a diferencia de los quechuas, era bancario.
En Israel, trabaja hasta la enfermedad, y en cualquier cosa, pero mucho tiempo lo hizo en el hospital Soroca, y contaba historias terribles. Contaba que a su jefa, cuando era víctima de una injusticia, la encaraba y le metía un discurso que la hacía temblar. Pero nunca aclaraba en qué idioma.
En la clínica del doctor Fridman, los dos peruanos hablan de mujeres, “a mi me gustan con culo grande y tetonas”
Cagados de la risa, nadie les entiende.

Tierra perdida allá 2

noviembre 28, 2008

Una pequeña parte de razón tienen aquellos que creen que el ataque en Bombay, o Mombay, estaba destinado a lastimar a Israel.
En la casa de Jabad, los comandos indios, que entraron por boquetes cavados en la terraza, encontraron los cuerpos de cinco rehenes ejecutados por los extremislámicos.
Parece que los cinco son israelíes, presunción reforzada por la declaración de Zipo Livni, “no tenemos ninguna información, sólo sabemos que se ha perdido todo contacto con cinco israelíes.”
Dentro del ataque masivo, en su concepción global, esta guerrilla reservó su parte a Israel, representada en la India por Jabad, tanto como la embajada.
Cuando dejan el ejército (tres años los chicos, dos las chicas), los jóvenes hacen su viaje de desintoxicación, o reconverción, o re-iniciación, o escape hacía adelante, hacia tres destinos principales: Sudamérica, Tailandia y la India.
Escapan de Israel, y sus fuerzas armadas en particular, cuya yerra cargan para siempre en sus cueros, con la esperanza de encontrar respuestas a preguntas que no pueden formular, porque están hundidas en carne como balas, y duele, y mejor no pensar.
En Sudamérica, en Bolivia y Perú en especial, muere alguno por accidente (autos que se estrellan, precipicios, ríos, caimanes).
En la India buscan una salida mística, suben a las montañas, contactan con gurús, se intoxican de hongos, y algunos nunca vuelven, por muerte, o porque se pierden para siempre, disueltos en una selva, o una ciudad gigante, o en aldeas a sietemil metros de altura.
Jabad vio el filón, se instaló en varias localidades indias por donde pasan israelíes, y emprendió, con éxito, la tarea de captar “almas destruidas” para su propio sistema de lavado de cerebro, y “regresarlos a la respuesta” (vivir en la pregunta, para el judaismo, es alejarse de Dios).
Desde ahí, muchos salen convertidos en “colonos”, que, de regreso en Israel, irán a unirse a los fanáticos y extremistas de Jebrón y alrededores, la gente más violenta de este país.
Hace un año, mas o menos, una nota en un periódico compara a Jabad Lubavitch con el Opus Dei, “el Opus Dei judío”, dice.
Hay muchos puntos de contacto: poder económico y de penetración en los sistemas educativos, fanatismo, oscurantismo, condición de secta, lavado de cerebro, ultra-derechismo.
Pero hay una diferencia gentre uno y otro, tan grande como la que hay entre la alegría y la tristeza.
Al perfil sombrío, lúgubre, sotánico, del Opus Dei, Jabad le opone el espíritu jasídico: canto, risa, danza.
El oscurantismo de Jabad es luminoso, de esta contradicción triunfal deviene la atracción que ejerce en aquellos judíos que andan perdidos por la vida, de los perdidos en la India.

Tierra perdida allá

noviembre 28, 2008

Hay en Israel, al menos en el de la radio, por un lado, y el de la calle de Arad, por el otro, la idea de que el ataque múltiple de los fundamentalistas islámicos en Mombay está dirigido a los judíos en general, y a los israelíes en particular.
Si bien es cierto que una de las víctimas es un edificio propiedad de Jabad Lubavitch, y que un rabi con su esposa se encuentran entre los rehenes, parece que estos islamistas, que vendrían de Pakistan, quieren forzar la liberación de priisioneros cachemiros, compañeros suyos. O desestabilizar la India.
No obstante, acá se sienten heridos; la clienta le dice al verdulero, “nuestra creencia es más fuerte que todo lo que nos quieran hacer”.

Tierra perdida

noviembre 11, 2008

A veces imaginamos esto: si el drama palestino se hubiera desarrollado en tierra argentina, ¿cómo hubiera sido encarado? ¿A lo Rosas? ¿A lo Sarmiento? ¿A lo Roca-Videla?

Tierra perdida de a poco

noviembre 11, 2008

Hace una semana, en Beer-Sheva, nos faltan diez centavos, diez agurot, para llegar a los veintiún shékels que cuestan los pasajes del regreso a Arad.
Estamos en el pasaje Migdal Sheva, en donde, hace años, sólíamos sentarnos a tomar café, y ahora no queda nada, sólo casas de ropa barata.
El banco está cerrado, nuestro celular no funciona, revolvemos en nuestros bolsillos y carteras, no encontramos.
Pensamos, de todos modos, en el autobús no nos harán problema por diez agurots. Pero, recordamos, en el viaje de ida el chofer hizo bajar a un beduino que no pudo complietar la suma del boleto.
Una pareja de argentinos se hace notar ha tres metros nuestro.
La mujer se va, queda el hombre de pie, en actitud de espera.
Nos acercamos a él, le explicamos la situación:

–Sólo diez centavos.
–No tengo, te doy un shékel.
–No, faltaba más, tomá noventa agurot.
–No, tomá un shèkel.
–Pero aceptanos los noventa agurot.

Sonríe de costado:

–Mirá, yo se cuándo la gente necesita, y cuándo no.
–No entendemos.
–Tomá el shékel.
–Pero…
–Tomá.

Nada de lo que le expliquemos le interesa.
Nos retiramos, incómodos, “los argentinos, los argentinos.”

Tierra perdida en curso

noviembre 11, 2008

Desde la casa de la esquina, quince metros a la derecha de nuestro edificio, la persona que vive allí, un hombre religioso, según imaginamos (por la disposición de su biblioteca, que atisbamos desde la calle), habla por teléfono con proveedor de algo. Pide que le traigan algo, da especificaciones precisas, en un hebreo con acento de tan argentino, que es transparente hasta la exasperación.

Tierra errada

octubre 25, 2008

Un barrio de casas fantasía (tortas) que termina en un gran balcón hacia el desierto, aquí estamos: desde arriba vemos un campamento beduino, extendido sobre un wadi estrecho, en plano inclinado.
Antes de volvernos, comparamos los efectos posibles de la tormenta de mañana (arriba, desde donde miramos, y abajo, alli).
De regreso de ahí, calle arriba, oímos voces con mucho empuje.
“Son argentinos”; Ana esta segura.
“¿Hablan castellano?”
“Parece que sí”.
“Entonces, no es seguro”

Tierra errada

octubre 25, 2008

Tenemos un vecino argentino, Mario; vive en el “1”, nosotros en el “2”, pero él no está casi nunca en el suyo.
A decir verdad, está sólo los viernes y sábado; el resto de la semana, o está en el Mar Muerto, o en Tel-Aviv.
En ambas ciudades trabaja como carpintero, en hoteles.
El es, con la excepción del jefe del consorcio, la única persona con la que hablamos más de dos palabras en todo el edificio.
Pero casi nunca está.
Hoy al mediodía, camino a la salida, pasamos por su puerta, y nos detenemos un minuto para escuchar qué se habla ahí. Mujeres, pero no entiendo lo que dicen.
Pregunto a Ana, “¿en qué idioma hablan?”
“En castellano, ¿no oís cómo cantan?”
“No, no me doy cuenta.”

No me di cuenta.

Tierra hablada adentro 2

octubre 24, 2008

Ese vecino que teníamos en Bat-Yam, por ejemplo.
Vivíamos en una casa subdividida en tres unidades; Marat alquilaba un cuarto único, con baño, kitchinette y una sola ventana.
Se la pasaba encerrado días enteros, bebiendo vodka, un delirio desde el cual gritaba, no se sabe si de terror o júbilo.
Casi no hablaba hebreo, pero nos entendíamos muy bien.
Un día en que estaba sentado en el patio, luego de haber sido devuelto del hospital, a dondo lo llevaron con un corte en la cabeza, luego de desmayarse en el parque de a la vuelta, nos contó que había sido oficial electricista en un submarino atómico.
Se la pasaba sumergido semanas, o meses, así, durante años.
Nos habló de Tashkent, capital de Uzbequistán, de donde él era.
Con el dedo índice, en dirección al suelo, trazó un mapa del Cáucaso.
Aquí, Kazajstàn, acá, Kyrgistán y Tajikistán, abajo, Afganistán yTurkmenistán; allá, trazó los bordes del lado Aral.
Todo de memoria, en el aire.