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Tierra del fuego 56

enero 12, 2009

Hoy, Israel decidió que los árabes (palestinos) israelíes, ya no son ciudadanos de segunda: desde ahora, salvo que la Corte Suprema de Justicia resuelva lo contrario, ni si quiera son eso, posición que, al menos, les garantizaba el derecho a votar y a ser elegidos. Hoy, el Comité Electoral Central, vetó la participación en las próximas elecciones generales, de los partidos árabes, bajo acusación de “incitación, apoyo a grupos terroristas y negarse a reconocer el derecho de Israel a existir”. Se permite la particiáción del Partido Comunista (Jadash), integrado por árabes y judíos, estos últimos, los cuales, blanquean la lista. Este dictamen apartheid, impulsado por los partidos de ultraderecha, obtuvo el apoyo del resto de los partidos políticos representados en el Comité Electoral. Todos los partidos judíos israelíes, sin excepción, son en este momento de derecha. Desde la “izquierda” sioniista de Meretz, pasando por la cúpula mafiosa que ocupa el gobierno, y llegando a la extrema derecha racista, en sus versiones laica y religiosa, que es la que baja línea, y a la que en ocasiones como ésta, todos les chupan las medias: con la excepción del 1%, todo es derecha en Israel, todos aman la fuerza, todos se exaltan con la guerra, todos quieren vencer a un enemigo, todos quieren enemigos. Es probable que este veto, apelado por los partidos afectados, sea rechazado por la Corte Suprema de Justicia. Pero del daño que causa (y al que aspira) esta provocación, esta maniobra que enroña aún más la atmósfera que se respira en Israel, será difícil retroceder. Con el apoyo de todas las fuerzas políticas, se acepta la doctrina de que el palestino israelí es una minoría sometida a la voluntad y capricho de la mayoría judía. De este modo se crea un precedente para su expulsión. En tanto que, al palestino “autónomo”, del cual el israelí sería “quintacolumna”, se lo puede matar, porque el estado colonial le quitó toda entidad, y le puso “terror”.
Este Israel, el que se ve a si mismo como león demente, como sicópata acorazado, tiene que fracasar. Va a fracasar. De hecho, ya fracasa: cada uno de sus desastres, que aquí claman como victorias, son fracasos a paso de gigante (que tambalea).

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