Tierra del fuego 50

El cielo en Arad, sin una nube, salvo líneas blancas paralelas, que se difuminan a medida que pasan los minutos, pero que mantienen su trayectoria: son chorros de avión de guerra, que ya pasaron, soltaron sus misiles y bombas sobre sus “objetivos” (cualquier cosa que aún se mantenga en pie en Gaza, o que allí se mueva), y regresaron a sus bases. Esta falsificación de nubes, la cortina de sonido que la precedió durante toda la mañana (también, al amanecer se oyeron alarmas lejanas, a lo mejor desde Beer-Sheva), que dejaban su impresión sobre la tranquilidad, la luz radiante, el aire puro, la gente paseando, la música que salía de las ventanas, daban vergüenza, eran un asco.

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