Tierra perdida allá 2

Una pequeña parte de razón tienen aquellos que creen que el ataque en Bombay, o Mombay, estaba destinado a lastimar a Israel.
En la casa de Jabad, los comandos indios, que entraron por boquetes cavados en la terraza, encontraron los cuerpos de cinco rehenes ejecutados por los extremislámicos.
Parece que los cinco son israelíes, presunción reforzada por la declaración de Zipo Livni, “no tenemos ninguna información, sólo sabemos que se ha perdido todo contacto con cinco israelíes.”
Dentro del ataque masivo, en su concepción global, esta guerrilla reservó su parte a Israel, representada en la India por Jabad, tanto como la embajada.
Cuando dejan el ejército (tres años los chicos, dos las chicas), los jóvenes hacen su viaje de desintoxicación, o reconverción, o re-iniciación, o escape hacía adelante, hacia tres destinos principales: Sudamérica, Tailandia y la India.
Escapan de Israel, y sus fuerzas armadas en particular, cuya yerra cargan para siempre en sus cueros, con la esperanza de encontrar respuestas a preguntas que no pueden formular, porque están hundidas en carne como balas, y duele, y mejor no pensar.
En Sudamérica, en Bolivia y Perú en especial, muere alguno por accidente (autos que se estrellan, precipicios, ríos, caimanes).
En la India buscan una salida mística, suben a las montañas, contactan con gurús, se intoxican de hongos, y algunos nunca vuelven, por muerte, o porque se pierden para siempre, disueltos en una selva, o una ciudad gigante, o en aldeas a sietemil metros de altura.
Jabad vio el filón, se instaló en varias localidades indias por donde pasan israelíes, y emprendió, con éxito, la tarea de captar “almas destruidas” para su propio sistema de lavado de cerebro, y “regresarlos a la respuesta” (vivir en la pregunta, para el judaismo, es alejarse de Dios).
Desde ahí, muchos salen convertidos en “colonos”, que, de regreso en Israel, irán a unirse a los fanáticos y extremistas de Jebrón y alrededores, la gente más violenta de este país.
Hace un año, mas o menos, una nota en un periódico compara a Jabad Lubavitch con el Opus Dei, “el Opus Dei judío”, dice.
Hay muchos puntos de contacto: poder económico y de penetración en los sistemas educativos, fanatismo, oscurantismo, condición de secta, lavado de cerebro, ultra-derechismo.
Pero hay una diferencia gentre uno y otro, tan grande como la que hay entre la alegría y la tristeza.
Al perfil sombrío, lúgubre, sotánico, del Opus Dei, Jabad le opone el espíritu jasídico: canto, risa, danza.
El oscurantismo de Jabad es luminoso, de esta contradicción triunfal deviene la atracción que ejerce en aquellos judíos que andan perdidos por la vida, de los perdidos en la India.

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