Tierra al borde

Viernes a la noche, se me acerca Nava, aquella mujer con sus perros que amerita ser la primera persona que nos saludó en Arad.
Aún así, trato de zafar, porque desde el jueves está tratando de convencernos de que aceptemos una gatita que necesita entregar urgente o, en su defecto, un perro negro que recogió de la calle.
Fallo, Pepita se planta, de cara al encuentro con las perras que arrastran a Nava.
Vuelve a la carga con la gatita, le digo que no presione, tenemos tres gatos y una perra, no podemos.

–Entiendo, responde, pero, de todos modos, sin compromiso, podría pasar yo por la casa de ustedes y la ven. Es blanca…
–No, Nira, ni se le ocurra.
–Está bien, está bien,yo sólo quiero pasar a visitarlos a tomar un té, llevo a la gatita dentro de una jaula.
–Nira, no quiero ni verla a esa gata. Usted puede pasar las veces que quiiera por nuestra casa, a condición de que no lleve gata.
–Ya sé, pero piénsenlo.
–No pienso ni pensar.
–Pero piénselo.

Interrumpe una pareja, son vecinos de Nava:

–Mire, Nava, la verdad que ya estamos cansados del barullo que hacen sus perros.
–No son mis perros.

La pareja del hombre, confirma:

–No, no son sus perros, es el nuevo vecino, el que se mudó hace un mes.

El hombre no pide disculpas.

–Qué gente–, comento a Nava.

Me despido.

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