El gabinete seguridad, compuesto por el Primer Ministro y los mministros de Relaciones Exteriores y Defensa, rechazó la propuesta del canciller francés Kurchner de un cese de fuego humanitario por 48 horas. “No es el momento”, fue el argumento. Así, empujan a los tanques y cañones a cruzar la frontera y meterse en una ofensiva terrestre que va a empeorar la situación, y a lo mejor eso necesiten, porque se habla de postergar las elecciones.
El Hamas aprovecha este interludio y saca sus cohetes más preciados, que caen cada vez más lejos, siempre dentro de su alcance máximo, que es de 40 kilómetros. En esta andanada, lograron alcanzar Beer-Sheva, la capital del sur. Entre ayer y hoy, cayeron cuatro, uno de ellos, por la noche, en un jardín de infantes, y otro, por la mañana, en el aula de una escuela. Anoche, el intendente de Beer-Sheva había dicho que no se suspenderían las clases, pero, parece, cuando amaneció, se dio cuenta del error, y por eso pasó una desgracia. El sistema de alarmas funciona mal, y han llegado cohetes sin aviso. Están tratando de arreglar el problema. En otras ciudades, hay problemas peores. En la beduina Rahat, por ejemplo, en donde ayer explotó un Grad, no existen refugios, “los judíos tienen dónde correr a protegerse, nosotros, en cambio… ” (allí se corta la emisión, que transmitía en ese momento las protestas de los vecinos).
Hay censura; un reportero estaba informando sobre la caída de un nuevo cohete en una zona periférica a Beer-Sheva. Iba a precisar el lugar de la explosión:
–No diga el lugar.
Ordena una locutora desde estudios centrales.
Un amigo nuestro, un pintor argentino, trabaja y da clases en un refugio subterráneo que le cedió la municipalidad. En tiempos de paz, sobre todo, en ciudades que no acostumbran a ser bombardeadas, como Tel Aviv, o la propia Beer-Sheva, estos refugios se utilizan para fines civiles: estudios de arte, escuelas de Judo, centros de meditación, sinagogas. La nuevas circunstancias obligan a liberar los refugios de Beer-Sheva para su uso público. Lo llamo a mi amigo:
–Aquí estoy, en el refugio, arreglándolo un poco, limpiando, poniendo los cuadros y los aparatos a un lado.
–¿Y tu esposa, dónde está?
–En casa, refugiada debajo de la escalera.
Le pregunto en dónde estaba cuando cayó el primer Kassam:
–En la calle. Resulta que, de pronto, suenan las sirenas. Y veo que cuatro tipos salen corriendo. Estos rajan para el refugio, me dije, y me puse a seguiirlos. Pero no: corrían a un colectivo que se les iba. Subí con ellos; le pregunté al colectivero, ¿es una simulación o es de verdad? “No se”, me dijo, y seguimos viaje. Ahora, cuando llegué a casa, me encontré a la encarcada del edificio arreglando el refugio, y ahí me enteré de que fue en serio.
(“Shalóm”), le oigo decir a Cacho.
–¿Quién era?
–Uno que entra.
Me cuenta que, ahora que el refugio queda abierto, se arriezga a que le roben cuadros, herramientas de trabajo. Le ofrezco guardarlos en casa:
–Gracias, pero no. Para eso los llevo a mi departamento. Lo que pasa es que son pesados y tengo que cargarlos en una camiioneta. Y, mirá, a lo mejor, nos cae un cohete mientras estamos andando, y ahí se termina todo. A los cuadros, los dejo acá. Y si se los roban, pinto otros. Suceden cosas tan graves, que un cuadro más, un cuadro menos. Y uno cometió errores. Si tuviese 200.000 dólares, vos ya sabés lo que haría. Bueno, con 50.000 me basta.
(En Arad no cesa el ruido de aviones).