Pero hacíamos caballos; al menos, los chicos pedían caballos, y había que ayudarlos, no les sale fácil.
No tienen paciencia, y no conocen un caballo de cerca.
Lo ven, de tanto en tanto, cuando algún altizajen (palabra en yidish que vocean los botelleros árabes) todavía insiste con el carro tirado a sangre. Tembién, cuando dos jinetes árabes, montados en caballos árabes, todas los días, a eso de las 20 horas, galopan por la playa, desde Jaffo a Bat-Yam, ida y vuelta, seguidos de cerca por un potrillito.
Pero no creo que les presten atención, me juego que no (los árabes son visibles desde parámetros estáticos y cicunstancias predefinidas). De otro modo, no podrían tener tan poca idea.
Por eso, inventamos una forma sintética, para crear en forma rápida la “idea” de caballo.
Básicamente, un chorizo de arcilla, grueso y largo como salchicha, que se curva en su tercio final hacia arriba y hacia adelante. Se modela un poco, se le agregan patas, orejas.
Mientras lucho con el chico que está en la cabcera de la mesa larga, un rusito, que me observa con sorna, me pregunta:
–¿Vio usted alguna vez un caballo?
Etiquetas: tierra, Tierra metida adentro