La soldada que viaja delante nuestro quiere dormir.
Estamos en el ómnibus que nos lleva a Beer-Sheva desde Tel-Aviv, son las dos de la tarde, y la soldada baja la cortina de la ventanilla porque le molesta el sol. La cortina, doble, abarca su asiento y el nuestro. Nosotros queremos ver el paisaje, estamos con los nervios pelados por la incertidumbre de la próxima vivienda, que nos es esquiva, y que buscamos en el Néguev. Por eso, el paisaje nos relaja, y viene una soldada a bajar la cortina sin siquiera consultarnos.
La interpelamos –ya está acurrucada en la posición fetal típica de las soldadas israelíes que viajan en transporte público–, y se despierta. Le soltamos un discurso, que incluye, en tono fuerte, argumentos como “ustedes sólo conocen la lógica de la fuerza”, aumenta a “el Tsahal es la fuente de todos los males de este país”, y concluye con una advertencia apocalíptica acerca del futuro de Israel.
La soldada dice que le duele la cabeza, y sigue durmiendo.
Nos cambiamos de asiento.
El ómnibus sigue viaje.
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